Sale, tras el silencio de su cuarto redondeado de jacarandas, en donde está el espejo que refleja todos los días su cama soñolienta con las sábanas de pitufos desteñidas.
El cielo es su primer compañía, aunque él no lo nota.
Mientras escucha música, recuerda que dejó olvidadas sus llaves con el curioso llavero de olas. Un movimiento rápido, de pronto un reflejo para evitar que su botella de agua caiga al suelo, y entonces ahora si, se devuelve hacia el pasado, abre el corredizo adornado con un enorme arándano... al verlo, recuerda que está un poco tarde para tomar el tren de las 7:30am que viaja debajo del resplandor de una mañana.
Una mañana olorosa a hielo.
15 de noviembre de 2010
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