Sin un
bachillerato o licenciatura, sin doctorados ni viajes al extranjero, incluso
sin haber llegado a la escuela primaria, Raúl con seis años de edad, partió de
este mundo sin una sonrisa en su cara que hubiese sido provocada por ver aquel
avión.
En su último día planeó ir al aeropuerto y pasaría un día a caballo, comiendo un buen
granizado, mejengueando y viendo cómo los pájaros de hierro se
elevaban o aterrizaban, mientras los otros niños como Raúl saludaban desde
lejos.
El bus de Heredia a Alajuela no llegó a su destino, algunos pasajeros lograron llegar después del percance, sin embargo, la
impertinencia del papá de Raúl evitó que el niño viera por última vez su avión
preferido: el MD-11 de KLM.
El papá
exasperado por el accidente del bus en pleno puente de Río Segundo rompió la
ventana de seguridad para salir, justo en el momento en que el chofer pedía
tranquilidad a los usuarios. La falta de calma, provocó que papá e hijo fueran
atropellados por la ambulancia que corría a salvo de otro accidente lejos del
puente.
Raúl
será recordado por su tranquilidad, por sus aviones de juguete, su ligera
afición a la música y por su inconclusa sonrisa.
