De un sueño no pasa. Al menos en la práctica. No me puede tocar en la realidad. Yo tampoco puedo.
Pero si me toca lo suficiente como para derrumbarme 117 pisos. De un solo golpe. Atravesado, como el maldito dolor de muela, solo que este es directo a mi torre de control. Directo a dejarme perturbado, una vez más, por quién sabe cuántos meses.
Después de 6 años el trauma sigue. Aunque, como sea costumbre, no hablemos de esto, sino hasta los próximos meses, cuando tengamos una promesa más de helado sin cumplir.
Sigue tocándome en sueños y de ahi no pasa, quién sabe si eso es desgracia, o es lo que debería ser correcto.
11 de septiembre de 2012
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